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Diez toneladas de hígado para treinta miligramos
Episodio en francés. El texto completo se puede leer más abajo en español.

El texto del episodio
Bienvenido a Herba Barona, tienda de complementos alimenticios en París. Cada episodio cuenta la historia de un producto que se conoce mal, y usted se lleva una cosa que recordar. Hoy: el ácido alfa-lipoico.
1951, Texas
Mil novecientos cincuenta y uno. Texas. Un bioquímico llamado Lester Reed se ha empeñado en aislar una sustancia misteriosa cuya existencia todo el mundo sospecha, pero que nadie ha visto nunca pura.
Para lograrlo necesita materia prima. Mucha materia prima. Su equipo va a procesar unas diez toneladas de hígado de buey. Diez toneladas. Meses de trabajo, de extracciones, de purificaciones. Y al final, en el fondo del tubo, el tesoro: unos treinta miligramos de cristales de color amarillo pálido. Ni siquiera lo suficiente para cubrir una uña.
Atornillado en la máquina
Esa sustancia es el ácido alfa-lipoico. Y si era tan difícil de aislar es precisamente porque el cuerpo fabrica muy poco… pero en los lugares más estratégicos que existen: en el corazón mismo de las mitocondrias, nuestras centrales energéticas.
Porque el ácido alfa-lipoico no es un invitado en la mitocondria. Forma parte de la maquinaria. Acuérdese: cuando el azúcar llega a la central, tiene que pasar un puesto de control decisivo, una gran enzima que lo prepara antes de su entrada en el gran ciclo de producción de energía. Pues bien, el ácido alfa-lipoico es un engranaje de ese puesto de control. Literalmente atornillado dentro. Sin él, el combustible se queda en la puerta.

Una molécula anfibia
Pero lo que le ha dado fama es su segunda vida. Porque esta molécula posee un talento rarísimo: es anfibia. La mayoría de los antioxidantes han elegido bando: la vitamina C trabaja en el agua, la vitamina E en las grasas, cada una en su casa. El ácido alfa-lipoico, en cambio, es soluble en ambos lados. Circula por los medios acuosos de la célula y atraviesa las membranas grasas. Va a todas partes.
El recargador
Y no se limita a apagar él mismo las chispas, esos radicales libres de los que tanto hemos hablado en esta serie. Los bioquímicos le atribuyen un papel aún más sutil: el de recargador. Cuando una molécula de vitamina C o de glutatión se ha sacrificado para neutralizar un radical libre, sale de ahí descargada, inservible. El ácido alfa-lipoico está entre las moléculas capaces de recargarlas, de devolverles el electrón perdido para que vuelvan al frente. El bombero que rellena los extintores de los otros bomberos.
Una molécula fabricada en la central, engranaje de la producción de energía por un lado, agente de mantenimiento todoterreno por el otro. Se entiende por qué se ha hecho un sitio en los estantes de los complementos alimenticios, a menudo, por cierto, en una forma concreta, la llamada forma R, la que fabrica la naturaleza.
Cincuenta años de fidelidad
Lester Reed, por su parte, se mantuvo fiel a su descubrimiento durante toda su carrera: cincuenta años estudiando esas enzimas gigantes en las que su pequeña molécula está atornillada.
Diez toneladas de hígado para treinta miligramos. Está claro que algunas cosas preciosas no se miden al peso.
Este ha sido un episodio del podcast Herba Barona, grabado en París. Hasta pronto.